Primer curso de Instructoras de Enfermería

El primero de febrero de 1947 se dio inicio al primer curso de Instructoras de Enfermería impulsado desde la Secretaría de Salud Pública bajo la dirección de Ramón Carrillo. Fue el primer paso de una serie de iniciativas que propusieron calificar una tarea que se asociaba a los oficios de mujeres y al mismo tiempo era poco calificada y subvalorada. En los años siguientes se crearon nuevos cursos y escuelas como la Escuela 7 de mayo de la Fundación Eva Perón en el año 1950. Si bien existían instituciones similares desde fines del siglo XIX, en particular en la Ciudad de Buenos Aires y gracias al impulso de Cecilia Grierson quien creó la primera escuela para nurses en 1892, la iniciativa de la Secretaría de Salud Pública resultó un punto de inflexión para la profesión y para las mujeres interesadas en ella.

Por un lado, se trató de formar agentes calificados y claves para el diseño sanitario en curso, que pretendía extenderse y llegar a todos los rincones del territorio argentino para asistir a la totalidad la población sin cobertura médica. Por otro lado, fue un modo de calificar una tarea feminizada y subordinada a las competencias médicas para integrarla al organigrama de la atención sanitaria y en definitiva al entramado estatal que el gobierno peronista tejía para construir la ciudadanía social.

El primer grupo de instructoras de enfermería de Salud Pública estaba encargado de ser propalador entre sus pares de otras provincias del país, el nuevo perfil profesional que la Secretaría promovía. Las enfermeras fueron capacitadas en diferentes disciplinas médicas y en medicina social, y realizaron tareas de entrenamiento en barrios porteños populares, donde establecieron consultorios y pequeñas salas de atención.

El primer curso de instructoras de enfermería de Salud Pública contó con la colaboración de enfermeras chilenas estrechamente vinculadas a organismos promotores de la reestructuración sanitaria en América Latina y, además, contó con un consejo de expertos y expertas que guiaron la tarea.

En síntesis, fue una experiencia de apuntó a elevar la calificación profesional en un corto plazo y ponerla a la altura de las necesidades sanitarias del país.

Asimismo, fue una instancia que se puede leer en tensión con una serie de asociaciones que vinculaban la profesión de la enfermera en una tarea muy poco calificada cuyas habilidades estaban asociadas a su condición de género y extensión de la “naturaleza femenina, maternal y de cuidado” y, por tanto, propia y exclusiva “de mujeres”. Es decir, colaboró a horadar los estereotipos sexuados que preexistían alrededor del trabajo femenino y que no solo alcanzaba a las interesadas por la enfermería.