17 de octubre. Día de la Lealtad

Mucho se ha escrito sobre ese histórico día. “Una nueva emoción”, definía Delfina Bunge de Gálvez algo que escapa a los más agudos análisis. “No sabe lo que fue eso, horrible. Algo tremendo”, declaraba Jorge Luis Borges, casi con la misma escasez de palabras para explicar lo sucedido en esas jornadas. Desde ópticas distintas, las impresiones que brotan reflejan un impacto directo, un tifón que sacudió claramente la realidad argentina para siempre.

El encarcelamiento de Perón, decía Scalabrini Ortiz, obedecía a un admirable poder de persuasión y ejecución de la oligarquía que, vitalizada, “reflorecía en todos los resquicios de la vida argentina”. Del otro lado, la reacción de los anónimos, el clamor de los invisibilizados por la dirigencia tradicional durante decenas de años. La movilización hacia Plaza de Mayo el 17 de octubre de 1945 expresaba la fuerza de las clases trabajadoras como factor social de poder, vinculadas a la figura del Cnel. Perón como expresión de la reivindicación de esa identidad.

La labor emprendida desde la Secretaría de Trabajo y Previsión fue abriendo canales e instrumentos vitales para articular las históricas demandas del movimiento obrero y los sectores populares con medidas concretas. Las mejoras en materia laboral y previsional, con la firma de más de 120 decretos-leyes entre 1943 y 1945 –entre ellos, el Estatuto del Peón-, y el discurso de Perón ligado a la concepción social del sistema político, fueron conformando una atmósfera propicia para que emergiera esta nueva relación entre las clases trabajadores y el secretario de trabajo. El surgimiento y expansión de un movimiento social que no logró en años anteriores conseguir una organización extendida, encontraba en las medidas impartidas desde la Secretaría las vías para alcanzar sus objetivos tanto materiales como políticos y simbólicos. El decreto 23.852/45 de asociaciones profesionales, firmado el 2 de octubre de 1945, otorgaba al sindicato con mayor número de afiliados la personería gremial y el monopolio de la representación. A partir del mismo, también quedaba legalizada la militancia sindical y la actividad de los gremios sin aviso previo. El crecimiento de la popularidad de Perón, sumado a la desconfianza en los partidos políticos tradicionales, produjo en los trabajadores un viraje en las lealtades políticas y en la identificación con un tipo de conducción. Esta situación también activó los planes de un sector de la oficialidad para eclipsar la estrella del Coronel.

El 5 de octubre, la tensión política se agravó. La designación de Oscar Nicolini, hombre cercano a Perón y Eva Duarte, como Director de Correos y Telecomunicaciones generó que algunos sectores militares presionen al presidente Farrell para forzar la renuncia de Perón a los tres cargos que detentaba. Finalmente, el 9 de octubre, a pesar de las negociaciones e intentos de disuadir a los oficiales amotinados en Campo de Mayo bajo la dirección del Gral. Ávalos, Perón firmaba su dimisión.

Al día siguiente, una delegación de obreros y dirigentes gremiales se reunió con el saliente Coronel en su departamento de la calle Posadas para analizar los próximos pasos. Allí se decidió la realización de una concentración frente a la Secretaría de Trabajo y Previsión para que Perón se dirija por última vez a los trabajadores: “(…) Venceremos en un año o venceremos en diez, pero venceremos. No se vence con violencia, se vence con inteligencia y organización”, afirmó en ese discurso de despedida del 10 de octubre, a la vez que juraba dedicar todos sus esfuerzos a la clase trabajadora. Esta disertación irritó a los sectores sublevados que lograron su detención el 12 de octubre y su posterior traslado a la Isla Martín García.

Aquel sector de la oficialidad que logró imponer la renuncia y la posterior detención de Perón en la isla Martín García, no pudo prever jamás la contrapartida de su treta. Un gran número de trabajadores, inquietos por lo que suponía el encierro de quién estableció una política social y laboral que los alcanzaba, comenzó a movilizarse hacia Plaza de Mayo.

La clásica imagen de los trabajadores atemperando la aspereza de la caminata en las fuentes de la histórica plaza, guarda a su vez los pormenores de una emotiva jornada donde el pueblo, ese pueblo desconocido por las elites metropolitanas, se impuso frente a los distintos escollos presentados desde la fuerza oficial. Se podían escuchar los ecos de los torneros gritando a los soldados para evitar un enfrentamiento; a los operarios de múltiples fábricas aledañas, lanzándose a las aguas para alcanzar la otra orilla; a los miles de trabajadores que se sumaban a una movilización que se multiplicaba a la vez que se hacía incontenible. Así fue como el jefe del operativo policial dio la orden que sellaba lo inevitable: “Bajen los puentes para que pase el pueblo.”

La expresión política de las masas trabajadoras había encontrado un nombre, una forma de locución que las identificaba y las incluía. “Las palabras hacen estragos cuando encuentran un nombre para lo que hasta entonces ha vivido innominado”, afirmaba Sartre. Caída la noche de la convulsionada jornada, y frente a una plaza colmada, la confirmación de ese encuentro se hacía presente en el balcón de la casa de gobierno: “Porque quiero seguir siendo el Coronel Perón y ponerme, con este nombre, al servicio integral del auténtico pueblo argentino”.

El 17 de octubre marcó un punto de inflexión en la vida política argentina, confirmando un ordenamiento político-social basado en una nueva relación social de poder que tendría a la figura del trabajador como sujeto nodal de esa correlación de fuerzas. Ponía de manifiesto, en definitiva, un quiebre con las condiciones políticas pretéritas que se expresó en una reestructuración de la escena política del país a partir de la irrupción de un “otro” que se iría convirtiendo en el componente esencial del colectivo “pueblo”.